Autor: Gabii
Fecha de publicacion: Lunes 29 de septiembre del 2025
Chetumal, cabecera del municipio de Othón P. Blanco en Quintana Roo, es una ciudad fronteriza que ha sido históricamente punto de encuentro entre México y Belice.
La cocina de Chetumal refleja una fusión de sabores mexicanos y caribeños. La cercanía con Belice ha favorecido el intercambio de ingredientes, técnicas y platillos que hoy forman parte de la identidad culinaria local. Uno de los ejemplos más claros es el rice and beans, arroz con frijoles cocido en leche de coco, acompañado generalmente de pollo frito o estofado, platillo de origen garífuna y común en todo el Caribe anglófono.
También es frecuente encontrar el boil up, una mezcla de yuca, plátano macho, camote y pescado cocido al vapor, así como los meat pies, pequeños pasteles de carne picante de estilo británico-caribeño. La influencia se extiende a las bebidas y postres, como el rum punch o los panes dulces con especias similares a los de Belice.
Si bien estos platillos no son exclusivos de Chetumal, su presencia cotidiana en mercados, cocinas familiares y locales de comida rápida da cuenta de una integración cultural que trasciende la frontera política.
La arquitectura tradicional de Chetumal también refleja un legado beliceño, especialmente en las construcciones de principios del siglo XX. Tras el paso del huracán Janet en 1955, muchas edificaciones fueron reconstruidas, y algunas familias recurrieron a técnicas y estilos propios de Belice. Las casas de madera elevadas sobre pilotes, con techos a dos aguas de lámina o zinc, se volvieron comunes en la zona.
Estos diseños no sólo eran accesibles, sino que también respondían a las condiciones climáticas de la región: altas temperaturas, humedad y riesgo de inundaciones. Las ventanas de persiana, los corredores amplios y los patios interiores eran elementos pensados para favorecer la ventilación natural, sin necesidad de sistemas mecánicos.
Si bien la urbanización moderna ha transformado gran parte del paisaje urbano, aún es posible encontrar viviendas antiguas con estas características en colonias tradicionales como Adolfo López Mateos o el centro histórico. Algunas han sido restauradas y adaptadas para usos culturales o comerciales, preservando elementos originales como los barandales de hierro forjado o las maderas tropicales.
La influencia beliceña también se percibe en el habla cotidiana. Aunque el idioma oficial de Quintana Roo es el español, en Chetumal es común escuchar expresiones en inglés caribeño, sobre todo entre personas que han tenido vínculos laborales, familiares o escolares con Belice. Este fenómeno se da de forma más marcada en sectores fronterizos y en generaciones mayores, aunque ciertas palabras o construcciones se han incorporado al habla popular.
Términos como pickni (niño), gyal (muchacha), deh yah (aquí está), o el uso del verbo di como auxiliar (ej. he di go en vez de he is going) son ejemplos de cómo el criollo beliceño ha dejado rastros lingüísticos en Chetumal. Este fenómeno sociolingüístico ha sido estudiado por académicos del sureste mexicano como un caso de contacto de lenguas en contexto fronterizo.
Además, la movilidad transfronteriza ha facilitado el aprendizaje de inglés por parte de muchos chetumaleños, lo que ha influido en la incorporación de anglicismos o préstamos gramaticales, especialmente en ámbitos comerciales y turísticos.
La influencia beliceña en Chetumal no responde a un proceso aislado ni reciente. Es el resultado de siglos de interacción entre poblaciones que han compartido rutas marítimas, vínculos familiares y relaciones económicas. Esta cercanía ha dado lugar a una identidad cultural compleja, en la que lo mexicano y lo caribeño coexisten de forma natural.
Hoy en día, este legado se mantiene vivo en la cocina, las viviendas tradicionales y el habla popular, pero también en celebraciones comunitarias, festivales multiculturales y redes familiares transfronterizas. Para quienes visitan Chetumal, reconocer estas influencias puede aportar una comprensión más rica del contexto histórico y cultural de la ciudad.
Explorar mercados locales, caminar por las colonias antiguas o conversar con residentes permite observar de cerca cómo la frontera no sólo separa, sino también conecta realidades distintas. Chetumal, como espacio de confluencia, ofrece un ejemplo tangible de la diversidad cultural del sureste mexicano.